miércoles, 05 de mayo de 2010



Julio Ramos HermosoDicen que nos movemos por la codicia y la ambición. Eso fue lo que le ocurrió a Julio Ramos Hermoso cuando el 14 de enero de 1933 lo enviaron a Casas Viejas a investigar lo sucedido durante la revuelta anarquista en ese pueblo gaditano.

Abogado, conservador, ultracatólico, capitán de Artillería, el Juez Militar Julio Ramos no dió crédito al pueblo llano quien, en contra de la versión oficial ya decidida desde altas instancias políticas, le hablaban de fusilamientos, de masacre al pueblo, asesinatos, de un brutal escarmiento que había dejado al pueblo atemorizado y enmudecido.

No le interesaba creer a quien le aseguraba que, sofocada la rebelión, con el pueblo ya dominado y en calma, Manuel Rojas, un capitán del Ejército al mando de la republicana Guardia de Asalto, había ordenado detener a cuantos vecinos fuesen hallados en sus casas, había formado una cuerda con doce y, sin más, había dado la orden de fusilarlos. Se  trataba de órdenes recibidas de sus superiores inmediatos, el Gobierno de la República, que ordenó a través del Director General de Seguridad: 

“Nada de coger prisioneros y meterlos en los cuarteles, porque luego siempre resultan inocentes y hay que liberarlos. Tiros a la barriga. A la barriga”.

 

Un telegrama del Gobernador Civil de Cádiz expresa: "Es orden terminante del ministro de la Gobernación se arrase casa donde se han hecho fuertes los revoltosos".

Bartolomé Barba Hernández, capitán del ejército, fue por ahí contando, pocos días después, que el día 11 de enero se encontraba de guardia y que escuchó a Azaña decir:

—"Ni heridos ni prisioneros; tiros a la barriga".

Santiago Casares Quiroga, Ministro de Gobernación, de quien dependían la Guardia de Asalto, se entrevistó el día 8 de enero con Azaña, de quien era amigo personal, para pedirle instrucciones ante las revueltas anarquistas de todo el pais.

De otra parte, cinco capitanes de Seguridad firmaban un acta, que hacían llegar a Azaña, en la que, entre otras cosas, declaraban que en enero de 1933 el Director General de Seguridad les dio instrucciones «de que en los encuentros que hubiera con los revoltosos con motivo de los sucesos que se avecinaban en aquellos días, el gobierno no quería ni heridos ni prisioneros». Obsérvese que el acta pone en los labios de dicho cargo público las palabras «el gobierno no quiere».

Azaña en Mountauban, Francia, antes de su muerte, cuando había perdido la cabeza, deliraba: "Los muertos de Casas Viejas me persiguen".

Exponemos brevemente lo sucedido en esta pedania, hoy llamada Benalup-Casas Viejas, del pueblo gaditano de Medina Sidonia, a mitad de camino entra Algeciras y Cádiz. Los pocos propietarios que había en Medina Sidonia y Casas Viejas eran monárquicos de tipo feudal. La República que representan Azaña y los socialistas puso a su servicio todo el aparato de represión de un régimen votado por los enemigos del feudalismo y de la monarquía.

La inmensa mayoría de los vecinos de Casas Viejas eran jornaleros sin trabajo, abandonados a la miseria. Después de haber sido muertos a tiros más de 30, detenidos un centenar y ahuyentados por el terror muchos de los restantes, quedaron en el pueblo 450, de los cuales trabajaban sólo 30.

Se daba el subsidio de una peseta a los casados sin familia y una cincuenta a los que la tienen. Ese subsidios no es diario, y cuando lo dan es a través del sacerdote, que lo acompaña con pláticas de carácter político. Vivía esta inmensa mayoría de jornaleros en chozas miserables, hechas con barro y paja.

Los campesinos que se alzaron el día 10 de enero lo hicieron con el deseo de distribuir las tierras en cultivo y roturar las yermas, acuciados por la necesidad. Se hicieron dueños del pueblo a la voz de «¡La tierra es de todos!» y «¡Se han acabado las limosnas!». Ya es sabido que llaman «limosnas!» al subsidio de paro.

Antes de atacar a la Guardia Civil, los campesinos agotaron todos los medios de persuasión.

Dueños del pueblo, su única preocupación fue ordenar la distribución de las tierras. Ni las casas de los propietarios, ni la iglesia fueron atacados. Siendo totalmente dueños de la aldea, lo que adquirieron en la tienda de víveres lo pagaron. Consideraban que el cura del pueblo era un trabajador más y pretendían que los guardias civiles se despojaran de sus uniformes y participaran en el reparto de tierras. 

Las fuerzas de represión llegaron y ocuparon militarmente el pueblo. Dispararon sobre los dos únicos vecinos que vieron en la calle. Los dos iban sin armas. Uno, que estaba orinando en ese momento, quedó muerto en el acto, y el otro, que estaba sentado en la puerta de su casa, fue trasladado al hospital de Cádiz, donde falleció días después.

Registraron casas y chozas sin orden judicial alguna, y en una de ellas mataron a un viejo de setenta y cuatro años, llamado Barberán, que se hallaba encamado con un nieto de once años enfermo de tisis. 

Estos bloquearon durante toda la noche la choza del «Seisdedos» y la atacaron con fusiles, ametralladoras, bombas de mano y teas encendidas.

En la choza estaban cuatro hombres y dos mujeres, que murieron abrasados. Algunos que quisieron huir fueron cazados a tiros.

Los detenidos que llevaban consigo los guardias eran conducidos a puntapiés y a culatazos. Algo después de medianoche enviaron a parlamentar a uno de ellos, maniatado. Cuando regresaba hicieron fuego caprichosamente sobre él y lo mataron. Al amanecer mataron también a tiros a los restantes detenidos. Para ello bastaba con la sospecha de que hubieran podido intervenir en la organización del levantamiento. Un guardia civil se opuso a que siguieran los fusilamientos; pero no le hicieron caso y optó por huir con las llaves de los grilletes de los fusilados.

Un Oficial Médico de la Guardia Civil, al ver que algunos aún estaban vivos, les descerrajó disparos a bocajarro con su revolver mientras decía, "este aún ronca". Hecho esto continuaron registrando casas y deteniendo campesinos. Como la mayor parte habían huido al campo -más de 400-, muchos con la mujer y los hijos, no pudieron detener más que a unos 50. Los restantes, hasta el centenar, los detuvo la Guardia Civil después, a medida que regresaban al pueblo. Varios días después, se vieron los perros con huesos humanos que habían desenterrado de los escombros y brasas, y que los vecinos enterraron en la parte no consagrada del cementerio.

El capitán Julio Ramos, trató en todo momento de ocultar miopemente este genocidio.No le interesaba que aflorase la verdad en su investigación judicial: que los militares enviados a Casas Viejas por el Gobierno de la República hubiesen cometido semejante crimen, pese a las evidencias, ya puestas de manifiesto por la prensa, que relataba lo realmente sucedido. Su instrucción se limitó a encarcelar campesinos, torturarlos salvajemente en los interrogatorios e, incluso, la violación a una muchacha de 16 años, María Silva Cruz, conocida posteriormente como "La Libertaria" y cuyo cuerpo aún está buscandose. Incluso acordó la detención de los que recolectaban dinero para los presos.

Julio Ramos (Sanlúcar, 1890- Cádiz, 1965) fue uno de los protagonistas de los Sucesos de Casas Viejas. Fue el Juez Militar encargado de encubrir, junto a su Secretario, Miguel Rodriguez, el genocidio de los campesinos.  La causa se instruyó por "agresión e insultos a la fuerza pública".

La versión oficial que trató de darnos este vergonzante militar fué que los 33 campesinos, habían muerto combatiendo, a pesar que la evidencia: disparos a bocajarro en la cabeza a campesinos desarmados y esposados.

La impunidad con que actuaban los Guardias de Asalto era total, sabiéndose protegidos por el corrupto aparato judicial gaditano, del que este Juez era un eslabón más. Una anécdota nos confirma lo que estamos diciendo. Un guardia disparó delante del Juez de Instrucción contra unas chumberas, donde creyó ver a un campesino. Lo hizo alegremente, advirtiendo:

—Por allí asoma la pestaña un "manús" (hombre en calé).

Otros detalles como éste, fácilmente comprobables, dan idea del estado moral de los guardias, de su absoluta confianza en la irresponsabilidad de sus actos, y esa confianza, conociendo lo estrecho de la disciplina de los Cuerpos armados de aquella época, sólo podía dársela, de una parte, el mando, que, a su vez, la habría adquirido gracias a órdenes superiores; y de otra la incompetencia del capitán Ramos y el aparato judicial de la época.

Se ha de destacar que  ninguno de los guardias al mando de Rojas fue juzgado por los crímenes de Casas Viejas, ningún vecino del pueblo, salvo un menor de edad, fué citado a declarar en el juicio contra el capitán Rojas y que un año después del juicio celebrado en la Audiencia Provincial de Cádiz el capitán Rojas estaba en la calle. 

 Hasta que el capitán Rojas admitió el crimen, casi dos meses después, Julio Ramos ocultó, por la codicia de ascensos en su carrera militar  la versión real de los fusilamientos en la corraleta de Seisdedos, pretendiendo hacer creer que era un interesado bulo propagandístico aireado por los anarquistas vencidos que se habían alzado contra la República; por la derecha monárquica; y por los republicanos radicales de Lerroux, en aquel entonces oposición al Gobierno de izquierdas que presidía entonces Manuel Azaña.

La versión oficial era que los campesinos se habían sublevado, se parapetaron en la casa del Seisdedos y ahí fueron abatidos.

El propio Azaña, ante la presión política, citó a Julio Ramos el 16 de marzo de 1933 para asegurarse la connivencia de este. Aunque esta entrevista era innecesaria porque la cobarde intención del Juez era claramente corporativista con un compañero de armas y ambiciosa para con su carrera militar, por lo que se acordó silenciar los hechos y difundir la versión oficial, favorable a los intereses políticos de Azaña; hasta que no tuvo noticias de la confesión de Rojas, el Juez Militar no le quedó otro remedio que reconocer el crimen de los fusilamientos.

Como dijo Azaña en el Congreso el 1 de febrero de ese año '"En Casas Viejas no ha ocurrido sino lo que tenía que ocurrir… ha sido una cosa inevitable, y yo quisiera saber quien sería el hombre que… hubiera encontrado otro procedimiento… la rebelión de Casas Viejas si hubiera durado un día más, tendríamos inflamada la provincia de Cádiz. No hubo más remedio para impedir males mayores… nos encontramos en una situación de holgura, de diafanidad, de respiro, como nunca nos hemos encontrado".

Hace poco, se hicieron públicas unas notas de este vergonzante militar  sobre  el suceso del Casas Viejas de 1933, ocultadas celosamente por su familia y que evidencian la conspiración e intriga para ocultar los sucesos de Casa Viejas y difundir la versión oficial.

El militar redactó sus impresiones como Juez Instructor y se las envió al diputado César Juarros con el cobarde objetivo, escribe, de "servir leal y desinteresadamente a la República". Las notas son anteriores a la confesión de Rojas. Ramos se negaba torticera e injustamente a dar por ciertos los fusilamientos y desvergonzadamente le escribió a Juarros:

—"Deseo terminar cuanto antes un asunto en el que ha predominado más la pasión y la ambición política que el amor a la Patria, a la República y a la Justicia".

Lamentable que este encubridor de un genocidio nos hable tan desvergonzadamente de Justicia. Este suceso no es sino un antecedente de la cobardía de este Militar y Abogado, que fue expulsado del Ejercito y del Colegio de Abogados de Cádiz por otros sucesos que comentaremos otro día.


 

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Tags: casas, viejas, julio, ramos, hermoso, anarquismo, seisdedos

Publicado por Desconocido @ 21:44
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